No estás loca

Lo conociste en un cumpleaños al que fuiste de chiripa y él de paquete. Era el primo de un amigo, que se coló en aquella fiesta y, de paso, en tu vida. Te miró, lo miraste, sentiste ese flechazo del que hablaban las revistas, y supiste que nada, nunca, volvería a ser lo mismo. Los primeros tiempos fueron de película de sobremesa, entre cursi y tórrida, aunque visto desde ahora no puedes negar que el lobo empezó muy pronto a enseñar la patita. Ya te advirtió tu amigo de que era un chulo de mierda, y tus amigas, de que no entendían qué hacías con ese fantasma que no te llegaba a las suelas. Que te quitaba la palabra de la boca en cuanto creía que le hacías sombra. Que te asesinaba con la mirada si mirabas a otro mientras él coqueteaba con las piedras. Qué sabrá nadie de lo vuestro, pensabas. De cómo es contigo. De la hondura del amor. De la borrachera del sexo, unas veces salvaje; otras, tierno. Demasiadas, y esto te lo niegas hasta a ti misma, tan sórdido como para borrar la frontera entre lo consentido y lo forzado. Estás loca, te decía él cuando protestabas, y volvía a ser el niño grande y vulnerable que te enamoró aquel día. Y se te olvidan las humillaciones. Y llegas a pensar que, puede ser, que igual eres tú, que no andas fina. Y siempre le encuentras una disculpa. Está nervioso. Está estresado. Lo sacas de sus casillas. Y te monta una pelotera por naderías, o por nada en absoluto. Y escribes los motivos a escondidas para no perder la cordura. Pero lo tapas. Lo cubres. Por vergüenza de él, pero, sobre todo, de ti misma.

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