En la zona cero del bolsonarismo en Sao Paulo: “Es un barrio de clase media que se ha creído que Bolsonaro les haría ricos”

Un hombre arrastra una carreta donde recoge basura camino a uno de los barrios residenciales de clase media de Sao Paulo.

Los comercios empiezan a desperezarse y ya hace rato que en los bares se sirve café en las avenidas principales de Tatuapé, un barrio de clase media situado en el este de Sao Paulo. Aquí, las casas de una planta con fachadas coloreadas y marañas de cables de tendido eléctrico descansan bajo la sombra cercana de rascacielos residenciales. Con 168 metros de altura, en este barrio está construido el edificio residencial más alto de toda la ciudad. 

Encajonado entre el río Tieté y la avenida Salim Farah Maluf, una de las arterias principales de Sao Paulo, Tatuapé ostenta el título de haberse convertido en el barrio más bolsonarista de la ciudad después de que en las pasadas elecciones el 59,06% de los votos fuesen a parar al rival del actual presidente, Lula Da Silva. 

Es complicado, sin embargo, dar con vecinos del barrio durante esta mañana de martes que amenaza con lluvia. Casi todos los que pasean por la zona son trabajadores que vienen de otros puntos de la ciudad, como Matteo, comercial y votante del expresidente Jair Bolsonaro. Matteo asegura que rechaza la violencia del asalto a las instituciones democráticas del pasado domingo por parte de bolsonaristas radicales. “La Constitución garantiza el derecho a manifestarse, pero entrar a la casa de todos y destrozarla de esa manera… Ahora Lula es mi presidente, y yo rezo para que tenga un buen Gobierno”, dice. 

Unas cuantas manzanas más adelante, Carlos fuma en la puerta de la cafetería de su primo. “Yo soy bolsonarista y él es petista [votante del Partido de los Trabajadores, de Lula]”, ríe. Llegó a Tatuapé hace dos años para trabajar en una gasolinera y cuenta que votó al candidato de la extrema derecha porque concuerda con los valores tradicionales que representa, pero también está en contra de las “mentiras y la corrupción” que para él encarna Lula. 

En su línea discursiva trumpista, una de las ideas antidemocráticas que alimentó Bolsonaro antes incluso de las elecciones fue la de fraude electoral. En este barrio paulista, pocos suscriben esta teoría, aunque sí se escucha la tesis de que el asalto violento a los tres poderes fue obra de infiltrados de izquierda que buscaban desacreditar a la derecha. “Creo que las elecciones fueron justas, pero sí pienso que el golpe estaba preparado: cuanto peor para nosotros, mejor para ellos”.

Los votantes bolsonaristas en Tatuapé rechazan la violencia del domingo y piden acatar las normas democráticas: Darsi, jubilada que optó por el expresidente porque ella es “una señora de derechas”, dice no estar conforme con “la forma en la que se hicieron las cosas”; o Paulo, gerente de una perfumería que tiene un discurso con los elementos más estridentes del trumpismo brasileño, marca su apoyo a “las manifestaciones, pero no la violencia”. 

En la zona cero del bolsonarismo en Sao Paulo también conviven discursos exaltados como el de Enrique, con una retórica capaz de relacionar China y Venezuela en una frase. Enrique califica el asalto del domingo de “turba del PT [Partido de los Trabajadores]” y, al ser preguntado por si desea la vuelta a una dictadura, contesta con evasivas. “Yo quiero una democracia, pero en la que exista la libertad de expresión”, dice. 

Capital económica de uno de los países más desiguales del mundo, en Sao Paulo Lula ganó con el 53,54% de los votos, imponiéndose en 35 de 58 zonas electorales. Los comicios de octubre de 2022 dejaron un mapa marcado: rojo en la periferia, las zonas más desfavorecidas donde además suele vivir la población no blanca; mientras que el electorado de Bolsonaro ocupa el centro y el noreste del plano, polos financieros dotados de mejores infraestructuras y acceso a servicios. 

Los vecinos cuentan que Tatuapé ha crecido mucho en los últimos años, aprovechando su cercanía al centro y dotación de transporte público. “Las zonas ricas del noreste han empezado a expandirse hacia aquí y a las nuevas construcciones han empezado a llegar muchas familias de clase media”, dice Lucila, comercial inmobiliaria de 63 años que lleva varias décadas en el barrio y decidió no votar en las pasadas elecciones. 

“Este es un barrio de ‘pobres metidos a ricos’, por explicarlo de forma coloquial”, dice Marcel, de 58 años, que ha vivido en el barrio toda su vida y tiene una ferretería. “Esta es una zona de clase media que se ha creído el cuento de que Bolsonaro les haría ricos”, dice, y confiesa que votó a Lula sin ganas para evitar otro mandato de Bolsonaro. 

En la calle muchos no quieren opinar. “Estamos confundidos, no apoyamos ni una cosa ni la otra”, dice sin dejar de caminar una pareja. Dos palabras se repiten en los mensajes tanto de los votantes de Lula como de los abstencionistas: vergüenza y vandalismo. “El día de la elecciones mi madre salió con una camiseta roja y yo me preocupé mucho, la gente está muy nerviosa y nunca sabes qué puede suceder”, dice Catherine, actriz y psicóloga progresista. 

“Lo que ocurrió fue lamentable para la imagen de Brasil y no tiene que ver con el pueblo sino con luchas de poder”, coinciden Silvia y Joao, que en las elecciones de 2018 votaron a Bolsonaro, pero cambiaron su sentido de voto en las de 2022, decepcionados. “Si el voto fuera secreto quizá no estaría ocurriendo esto. Brasil siempre fue un pueblo unido, de acogida, y ahora estamos perdiendo el tiempo con esto. La política cada vez se parece más al fútbol”, dice otra pareja que pide no ser identificada. 

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